01__LAGO_DE_MARACAIBOLa “Ana Cecilia” partía el 08 de Agosto de 1937 en su rutinario viaje hacia Cabimas, en el muelle había un numeroso grupo de personas que despedían a sus familiares que embarcarían en la motonave. El dueño y capitán de la embarcación, Arturo Soto, presentó a las autoridades del Resguardo la lista de pasajeros que en total llegan a 98 y estaba compuesta solo por hombres. La realidad a bordo era diferente ya que los pasajeros pasaban de 200 y no solo iban hombres sino también mujeres y niños. Un testigo a bordo comentó posteriormente “Iba mucha gente bebiendo ron en la cubierta”

Los motores arrancaron a las 10 de la noche y cuando llevaban 20 minutos navegando, el viento se hizo fuerte, para ese entonces iban a la altura de La Arriaga y San Francisco. Los mas prudentes suplicaron al capitán que regresaran porque el viento estaba muy peligroso con tanto exceso de pasajeros. El capitán Soto se opuso y ordenó que le gente se fuese a acostar, amenazando con tiros a los oponentes. Acto seguido ordenó al maquinista que diera mas velocidad.

A los cinco minutos, la “Ana Cecilia” se fue hacia un costado y se volteó. Como había exceso de pasajeros los salvavidas no eran suficientes- El capitán Soto logró hacer tres disparos pidiendo auxilio. Nadie los escuchó. Empezó gente a desaparecer bajo el agua. Algunos de los pasajeros quienes eran buenos nadadores lograron llegar a las orillas del lago. El naufragio había tenido lugar a las 10:20 de la noche y los primeros auxilios llegaron a las 2:00 de la madrugada, mas de 80 personas se habían ahogado.

De mas de 200 pasajeros solo se salvaron 112, toda la ciudad se consternó. El Presidente del Estado decretó duelo publico, una formalidad pues la ciudad entera lloraba la tragedia. Todos se movilizaron en colectas para los damnificados y gran parte de la República se conmovió con la tragedia y envió sus auxilios. Monseñor Godoy dispuso para el día 11 un funeral solemne en la catedral para las víctimas.

Jesús Enrique Lozada escribió: “Racimos de vidas humanas que desgranaron los turbiones, vivero de esperanzas, de esfuerzos, de amores, de ilusiones, perdido bajo un hervor de espumas, quedáis entrelazados y confundidos en el recuerdo bajo el bello nombre de esa nave, alba como una tumba. Quedan las madres sin consuelo, las viudas desoladas, los hijos en desamparo. Y un hondo grito de dolor que resuena sobre el Lago, se propaga por todos los ámbitos como la luz del día y sube y parte la noche, como rayo de tormenta que desgarra los cielos oscuros”.

A todas luces, decenas de hombres habían sido víctimas de la imprudencia y, en parte, de la avaricia que muchas veces “rompe el saco”.

 

Gustavo Ocando Yamarte, Historia del Zulia, págs. 524-526

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