theCrucifixionofjesuschrist “Mijo no te váis a bañar allá porque te podéis convertir en pescado. Hacé caso a tu madre que sabe de eso y aprendé que hay que respetar la Semana Santa”, así reprendía Úrsula Villalobos a su hijo Eduardo cuando pretendía tomarse un baño en la playa cercana a su residencia ubicada en Los Jobitos, Municipio Miranda.

Eran los años 60 y 70, pero las supersticiones invadían las residencias de los maracuchos desde hacía mucho tiempo. Al hablar sobre el tema la mente de Dorotea Cantaclaro, de 84 años, se transportó a los años 40. A su memoria lúcida viene el recuerdo de su madre María Cantaclaro, quien la reprendía constantemente cuando ella trataba de peinarse su larga cabellera los días Jueves Santo y Viernes de Adoración a la Cruz. “Mamá me decía que no me podía peinar en esos días, porque si lo hacía, el Señor me iba a reprender”. Cuando llegaba el tiempo de alejarse del peine, María se elaboraba unas trenzas en el cabello, “y así nos manteníamos las mujeres de la casa alejadas del pecado. A cada rato mamá comentaba que esas cosas agradaban al Todopoderoso”, recordó la hoy abuelita.

En el hogar de Laura Olarte, mujer de 94 años que reside en el barrio de Santa Lucía, ninguna persona estaba autorizada a realizar labores de martilleo. Nada de poner clavos, romper pisos o paredes. “En el hogar no se escuchaba ningún ruido, todos hablábamos en tono bajo, todo era paz y tranquilidad. Mi abuela decía constantemente que si alguien martillaba, el ruido atraía a los demonios que Jesús sacó de los desposeídos”. Continuó relatando Olarte, “el miedo reinó entre nosotros porque ‘Mameca’ (abuela) también afirmaba que los aparecidos nunca se saldrían de la casa. Pienso que mis padres comentaban eso porque mis 19 hermanos eran muy tremendos y gritábamos por toda la residencia, raramente esa era la única época del año en que se respiraba paz y quietud dentro del hogar”.

ABSTINENCIA

Para Juana Carrizo estuvieron prohibidos los “actos carnales” en los días que se celebraba la muerte y crucifixción del hijo de Dios. “Me casé el 23 de Marzo de 1.956; mi esposo, para ese entonces,  era muy supersticioso y no deseaba tener relaciones durante la noche de bodas y el resto de la semana. Su madre le enseñó que esos actos no debían hacerse durante los días de la Semana Mayor y si se llevaban a cabo la mala suerte recaería sobre la persona hasta el final de su vida”.

Curas y sacerdotes de antaño comentaban a los creyentes que el respeto hacia las tradiciones religiosas era lo único requerido por la Iglesia a la feligresía, que cada año inventaba nuevos métodos y comportamientos que conllevaran a la devoción.

Resaltó el historiador Luis Torres que “años atrás la gente pensó que no debía acercarse a una mata de limón y mucho menos ser pinchado por una espina, ya que se tenía el riesgo de sentir en la cabeza la corona de púas que le fue colocada a Jesucristo, momentos antes de ser sacrificado. La costumbre pasaba de generación en generación sin tener ningún tipo de fundamento o explicación lógica”.

LA PALMA

La procesión que celebra la entrada mesíanica de Jesús en Jerusalén tiene un carácter festivo y popular que comprende el triunfo real de Cristo hacia la Ciudad Santa y el anuncio de la Pasión.

Alejado de la significación del acto eclesiástico, hombres y mujeres asisten al evento para tomar la correspondiente palma, instrumento según el que se piensa es un objeto para la suerte.

“Esa es una de las creencias que más se ha mantenido en el tiempo, las personas afirman que el objeto es un amuleto, un curativo o para tener alejados a los malos espíritus y así evitar, en las casas y campos, los daños que causan. La realidad es muy distinta porque el ramo se conserva, ante todo, como un testimonio de la fe en Cristo y en su victoria pascual”, aseguró la creyente Andreína Paredes, de 67 años.

En la mente de Úrsula Villalobos, de 83 años, ya no existen las creencias y supersticiones de su madre. “A lo mejor las creencias se imponían para que se respetara la Semana Santa y asistieran a la iglesia, ahora hay gente que solo piensa en viajar y por su mente no pasa la idea de ir al templo”, explicó.

HABLA LA IGLESIA

“Muchas de las creencias no eran enseñanzas de la Iglesia. Las supersticiones eran formas de presión, para que respetaran los días santos del calendario litúrgico. La idea era que todos fijaran los ojos en los símbolos de la Pasión de Cristo”. De esta manera, el vicario general de la Arquidiócesis de Maracaibo, Eduardo Ortigoza, explicó los comportamientos exagerados de la población de antaño. El prelado añadió que, durante esos días, el respeto, la reflexión y la meditación sobre la pasión, muerte y resurrección de Cristo eran el pan de cada día dentro de cada núcleo familiar. “La finalidad de estos argumentos era incentivar el reposo. Algunos exageraron diciendo que una persona podía estar martillando los clavos de la cruz de jesucristo si trabaja esos días”, aseguró Ortigoza.

El Arzobispo de Coro, Roberto Lückert, afirmó que la rigurosidad del ayuno previo a los días de la Pasión caracterizó la práctica en los pueblos. “Las mujeres vestían de luto y los hombres iban de flux a la iglesia, como si fuera un entierro fúnebre. En las casas evitaban prender el fogón y la comida se preparaba un día antes, incluso, se tenía que hablar en voz baja”. También se encendía sahumerio y se pasaba por toda la casa para bendecirla, con ello se tenían que leer las oraciones que aparecían en los sobres que se vendían en el centro de Maracaibo. Los paquetes venían con la estampita del Corazón de Jesús, la Mano Poderosa, y la Virgen de Chiquinquirá, entre otros. Los que se quedaban en casa tenían que escuchar la transmisión radial de las misas y la música sacra.

Muchos evitaban decir groserías y mentiras. Hasta cuando llegó la televisión, a finales de la década de los 50, la programación estaba totalmente dedicada a películas sobre la Pasión y muerte de Jesús, e incluso décadas mas tarde, la programación humorística y las telenovelas hacían una pausa.

Lückert explicó: “Muchos veían la playa como disfrute, entonces para meter miedo la gente decía que al bañarse ahí uno podía convertirse en pescado”. Finalmente el arzobispo de Coro afirmo que esos días son para el recogimiento espiritual, pero ahora la situación es muy distinta en las grandes ciudades. “Todos se van a disfrutar de actividades recreacionales y son pocos los que reflexionan sobre el Evangelio. Muy pocos temen a las creencias de antaño”.